Venezuela al borde: viaje al interior de un país en crisis

La nación petrolera suramericana debería ser próspera. En lugar de eso, se encuentra al borde de un abismo económico y humanitario. Traducción y versión de un trabajo de The Guardian.

El rostro del prócer Simón Bolívar mira fijamente desde una pila de billetes amontonados en una mugrienta caja tirada en el piso de un supermercado que también hace las veces de casa de cambio en un pequeño poblado del Amazonas.

Los billetes no son dejados allí por falta de respeto, simplemente son tantos que no caben en las cajas registradoras. De todos modos, rara vez se le da un trato más cuidadoso a los billetes de 100 bolívares: apenas valen más que las servilletas que han sido acomodadas en los anaqueles con más cuidado.

Sin embargo, son los billetes de más alta denominación en Venezuela. Son parte de una moneda que alguna vez encarnó la petroeconomía más poderosa de Latinoamérica y hoy en día es el símbolo casi sin valor de uno de los mayores deterioros en la fortuna de cualquier país.

Poseedora de reservas petroleras mayores que las de Arabia Saudita, Venezuela debería ser un país próspero, como mínimo. En lugar de ello, posee la economía que más se contrae en el mundo, la segunda tasa de homicidios del planeta, una inflación que roza 1.000% y una escasez de alimentos y medicamentos que ha empujado a los venezolanos más pobres al borde de un abismo humanitario.

Para obtener una instantánea del cambiante —y a veces trágicamente surreal— panorama socioeconómico venezolano, The Guardian recorrió poco más de 1.400 kilómetros dentro del país, desde la frontera con Brasil hasta su capital, Caracas.

Santa Elena de Uairén: donde el dinero llega en maletas

Durante la mayor parte de su historia, el poblado fronterizo de Santa Elena de Uairén fue considerado un puesto de avanzada subdesarrollado al que la distancia privó de los bienes y servicios disponibles en la costa e interior de Venezuela. No obstante, hoy es visto como un santuario próspero y relativamente a salvo del crimen y caos que campean por todos lados. Por su cercanía con Brasil, la comida no escasea y el intercambio comercial fronterizo es enérgico.

Cruzar la porosa frontera por Pacaraima toma solo cinco minutos. Los habitantes de la zona dicen que el gobierno levantó hace dos meses los aranceles a los alimentos de Brasil como signo de desesperación por aliviar la escasez, por un lado, y su menguado control sobre la economía. Ahora se ve un flujo constante de comerciantes que compran sacos de arroz, azúcar, harina y pasta para revenderlos en Venezuela.

Aquí la gente paga en efectivo porque Santa Elena está tan lejos del resto del país que la red de telecomunicaciones es demasiado frágil como para pagar con débito o tarjetas de crédito. Lo cual significa que todos pasan más tiempo contando y transportando dinero que en cualquier otra parte del territorio venezolano.

La vida podría ser más fácil si el gobierno decidiera imprimir billetes de denominación más alta que 100 bolívares (que equivalen a unos 10 centavos de dólar en el mercado no oficial). Pero el Banco Central de Venezuela parece reacio a llevar a cabo una maniobra que confirmaría unos niveles de hiperinflación no vistos en América Latina desde las crisis argentina y brasileña en los años 80 y 90. Como consecuencia, hay que pagar todo con billetes que equivalen a monedas de 10 centavos de dólar. Aunque sean de papel, pueden ser engorrosos.

“Cada vez que voy al mercado tengo que llevarme un bolso de plata tan grande que me da dolor de espalda”, dice Carmen Ramírez, gerente de un hotel local. Su amiga Wanda Wojtowitcz, abogada, pagó las compras que hizo con su dinero en una bolsa de maquillaje y efectos personales porque no le cupo en la cartera. “En el banco puedes ver a la gente con maletas llenas de dinero para hacer un depósito”, dice.

El BCV, cada vez más reservado, no dice cuánto cuesta imprimir un billete pero basado en parámetros internacionales, el economista y profesor del IESA, José Manuel Puente, estima que el costo del papel, la tinta y la impresión son 20% mayores que el valor nominal de cada billete. “No valen lo que cuestan. Es un chiste. Pero así son las cosas”, dice.

La Gran Sabana, donde la gasolina es más barata que el agua

La tendencia del gobierno a subsidiar productos por debajo de su costo de producción es una de las mayores razones por las que la economía venezolana es un desastre. Es un hábito formado por el petróleo, que deforma las percepciones de los precios como una droga psicotrópica.

Históricamente, las abundantes reservas de hidrocarburos han hecho que los venezolanos consideren que el petróleo barato es un derecho que tienen de nacimiento. Así que por razones políticas —y pese a la inflación, la caída en los ingresos, los mercados mundiales y el cambio climático— el precio actual de un litro de gasolina de alto octanaje es de apenas 6 bolívares (menos de un centavo de dólar). Más de 100 veces más barata que un litro de agua mineral. Esto significa que el costo de un viaje de 1.400 km sería inferior a un dólar.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, llevó un paso más allá esa forma de pensar y usó los petrodólares para financiar productos básicos como arroz, azúcar, papel toilette, toallas sanitarias y medicamentos.

Fue una medida altruista y populista que permitió que los pobres finalmente disfrutaran de la riqueza petrolera de la nación. Pero también acabó con los incentivos a los productores y creó un sistema de dependencia y mercado negro que ya estaba causando problemas económicos antes que Chávez muriera en 2013 y el mercado petrolero global colapsara al año siguiente.

Su sucesos, Nicolás Maduro, ha tratado de mantener e incluso extender esa política, pese a la caída de 60% en los precios del crudo en 2014. De hecho, en plena crisis, el gobierno distribuye masivamente casas, carros, reproductores de DVD y hornos microondas.

José López, el chofer que manejó a través de la Gran Sabana hasta el pueblo de San Isidro, en el kilómetro 88, tiene conflictos por las consecuencias del proceder del gobierno. Se ha beneficiado por esas políticas: recibió un Chevrolet para pagarlo a tasas preferenciales como parte de una campaña del gobierno. Pero incluso él, chavista leal, dice que la gente sufre: “Las cosas se complicaron al final del período de Chávez y ahora son mucho peores con Maduro”.

El Tigre: campos fértiles desiertos

Hacia el norte, la carretera atraviesa el río Orino hasta el estado Anzoátegui, donde se encuentran muchas de las más grandes refinerías y plantas de aluminio de Venezuela. Casi todas están en declive. La Producción de Petróleos de Venezuela ha caído 450.000 barriles diarios desde su nivel de 2.700.000 barriles diarios en 2014. Y como cada barril vale menos de la mitad de lo que valía hace dos años, esto ha creado un enorme hueco en las finanzas del Estado.

Sin embargo, comparado con lo que ocurre en la agricultura, es un descenso relativamente pequeño. A los lados de la carretera se ven kilómetros enteros de campos fértiles ociosos y relativamente pocos terrenos cultivados. Con los precios de los vegetales bajos, hay muy poco incentivo para los campesinos. Entre 2012 y 2015, la producción de granos cayó en 80%, la de carne en 40% y la de vegetales en 18%, sostienen analistas del sector privado. El déficit era cubierto con importaciones pero ahora el Estado debe pagar el servicio de su deuda con los pocos petrodólares que recibe.

Las compañías privadas también luchan con la debilidad del bolívar. El supermercado Unicasa, en El Tigre, tiene pocos clientes y poca variedad de productos. No tiene arroz, azúcar, harina, mermelada, aceite de cocina, papel sanitario, leche condensada, vinagre ni productos para el cuidado de un bebé.

Pese a eso, se ven anaqueles llenos de filas enteras de un mismo producto. Servilletas, cerveza, sardinas y salsa para pasta, en un escenario que se repite pasillo tras pasillo.

Anselmo Suárez, de compras en el supermercado, dijo estar aliviado de haber encontrado más verduras que en otras ocasiones, así como pasta. Pero suspiró cuando se le preguntó por el arroz. “Si lo encontramos, es brasileño; o sea, más caro”, dijo. Mientras los precios del arroz y la harina se han elevado a más del doble en los últimos meses, su salario se ha incrementado en apenas una fracción. “Es muy duro para nosotros”.

Alejandro Grisanti, economista de Ecoanalitica, dice que el desplome del poder adquisitivo es lo que ha hecho de esta crisis la peor de América Latina. Mientras Brasil y Argentina sufrieron terribles episodios de hiperinflación en los años 80 y 90, Grisanti asevera que la situación venezolana es más severa porque —a diferencia de los otros dos países— los salarios no van parejos con los precios, así que la gente experimenta un devastador colapso en su capacidad para adquirir bienes.

Como resultado, la demanda está en caída libre. Según estimaciones de Grisanti, las ventas de cerveza han caído 75% en el último año, mientras que las de granos y maíz enlatados han bajado 90%. “Ahora son artículos suntuarios. Eso muestra el nivel de la crisis que Venezuela está sufriendo”.

Barcelona: la dieta de Maduro

Si usted tiene moneda extranjera, aún encontrará comida en abundancia. Pero un cuarto de la población no gana siquiera el salario mínimo de 22.500 bolívares mensuales. Dependen de los alimentos y medicinas subsidiados que les dé el gobierno, que tampoco alcanzan para todos. Eso deja a muchos hambrientos y, además, enfermos.

En el hospital Luis Razetti, en Barcelona, el personal médico tiene que lidiar con la escasez de medicamentos, el resurgimiento de enfermedades como la difteria y casos cada vez más numerosos de desnutrición.

“Antes solo leíamos sobre la desnutrición en textos médicos pero ahora estamos viendo casos como los de África. La situación ha empeorado en un año para acá”, dijo un médico que pidió mantener su identidad bajo anonimato.

En el pabellón de Pediatría, un bebé de tres meses recibía cuidados luego de que su peso bajara de 3,5 kg a 3 kg como resultado de una diarrea. “Su mamá estaba demasiado débil para amamantarlo y no podíamos comprar fórmula para bebés. Así que le dimos leche de soya”, declaró su abuela, Dámela Castellanos. Se supone que su tratamiento debía ser sencillo —suero y comidas regulares— pero el hospital no pudo proporcionar ninguno de los dos. Así que la familia debió sufragar el costo de los insumos médicos y esperar por donativos de comida.

Castellanos también ha bajado de peso. “Estoy con la dieta de Maduro”, rió de modo forzado, mientras se hacía eco de una frase popular con la que se culpa al presidente del bajo consumo de calorías.

La crisis nutricional no llega a la escala de África subsahariano o Corea del Norte. La gente no se ve desnutrida y hay muchos revendedores de comida para quienes pueden pagar los precios. Las importaciones desde  Brasil y Colombia han aliviado la presión en parte, pero la situación sigue moviéndose en una dirección alarmante.

La pérdida de peso, en promedio, en Venezuela durante los últimos cinco meses se ubica entre 5 kg y 15 kg de acuerdo con la fundación Bengoa, que además estima que 25% de la población infantil está desnutrida.

“Poseemos datos suficientes para demostrar que estamos a medio camino entre una crisis y una emergencia”, dijo Pablo Hernández, representante de la fundación Bengoa y profesor de nutrición de la UCV. “Gracias a la falta de alimentos y medicinas, así como el incremento de la violencia, esta generación morirá más joven que sus padres”.

El gobierno admite que existe un problema pero alega que los miembros de la oposición y los ONG exageran las cifras para provocar desórdenes sociales. La falta de estadísticas oficiales, sin embargo, impulsa a muchos a asumir lo peor.

Caracas, la ciudad más violenta

El tramo final del viaje se hizo a través de la costa, con una escala cerca de Río Chico, donde una larga cola de compradores frustrados se había formado afuera de los Abastos Mario E. Un aviso escrito a mano en la entrada informaba que las primeras 50 personas de la cola tendrían prioridad en la venta de cualquier artículo que llegara ese día.

A los rezagados se les daría un número para participar en un sorteo en el que se repartiría lo que sobrara. “Es muy complicado”, suspiró una mujer que llevaba varias horas en cola. “Muy complicado y muy duro”.

Hacer cola dejó de ser una forma de vida para convertirse en una profesión. Gente de clase le paga a personas para que han cola por ellos. Los bachaqueros hacen cola para comprar productos subsidiados, compran lo que pueden y lo revenden a un precio entre 10 y 30 veces mayor al que cancelaron. Se supone que esa práctica es ilegal pero es una de las pocas industrias florecientes en el país.

De acuerdo con la empresa Datanálisis, cerca de la mitad de la población labora en esa turbia empresa. Algunos son médicos o maestros, que obtienen más ganancias por hacer cola y revender productos que los pocos centavos de dólar que obtendrían por una hora de trabajo en el sistema público.

Las colas se han sumado a la tensión social en la ciudad más violenta del mundo, cuyos residentes tiene más 100 veces más probabilidades de morir violentamente que en Londres, y 25 veces más probabilidades que en Nueva York. La criminalidad ha empeorado al mismo ritmo que la economía. Septiembre fue el mes más violento en seis meses en Caracas, con 474 homicidios, según el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses.

Los saqueos y disturbios se han convertido en algo común. De acuerdo con el Observatorio Venezolano de la Conflictividad, en agosto hubo 139 protestas por comida.

Todo lo anterior ha contribuido a alimentar la inestabilidad política. El mes pasado, un millón de personas marchó por las calles de Caracas para exigir un referendo revocatorio contra el presidente. Para el miércoles se ha convocado otra marcha.

Aunque la oposición es débil y está dividida, Nicolás Maduro está contra las cuerdas. Sus índices de aprobación han caído a 15% y su partido —el PSUV— perdió el control del poder legislativo. Mientras tanto, la fuerza armada —poderosa fuerza política a lo largo de la historia de Venezuela— está adquiriendo cada vez más influencia. En julio, el general Vladimir Padrino López fue puesto al frente de la producción y distribución de alimentos. Como jefe de la Gran Misión Abastecimiento Soberano, los demás ministros deben rendirle cuentas.

La militarización del suministro de alimentos sería consistente con la insistencia gubernamental de que el país es víctima de una “guerra económica” financiada por mafias colombianas, corporaciones multinacionales e instituciones financieras que acaparan bienes, manipulan tasas de cambio y contrabandean combustible en la frontera.

Ciertamente, la corrupción —en el sector público y el privado— ha tenido un papel notable en la crisis. Pero es poco probable que lo que esté alimentando la caída de Maduro haya causado tanto caos como las propias políticas disidentes del gobierno: Venezuela se estaba acercando a la recesión desde antes de la caída de los precios del petróleo.

Muchos economistas creen que los niveles de pobreza en Venezuela ahora son mayores que cuando Chávez accedió a la presidencia hace 18 años.

El gobierno puede discutir eso, peor en Caracas es fácil ver quién está sufriendo las consecuencias. Para los ricos, aún es posible comprar champaña, chocolates belgas y medicamentos estadounidenses. Mientras tanto, los pobres tienen que pasar horas haciendo cola para comprar arroz, toallas sanitarias y antibióticos.

“Los chavistas tenían buenas intenciones”, dijo López, el chofer de taxi. “Al principio ayudaron a los pobres más que cualquier otro gobierno anterior. El problema es que las buenas intenciones no son suficientes”.

Texto original en inglés disponible en este enlace

 

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