El drama de pasar las fiestas teniendo familia en Venezuela

Pasar a pie una de las trochas que comunican a Colombia con Venezuela, para llevarle la cena de Navidad a su familia en San Cristóbal (estado fronterizo de Táchira), no fue lo más duro que le tocó a Edwin Prado para cerrar el 2016.

¡No, ojalá hubiese sido solo eso! En ese mismo trayecto de varias horas caminando llevaba también un ataúd. Su esposa, en Venezuela, no había podido comprarlo porque era demasiado costoso.

La urna era para el hijo de ambos, un bebé que nació sin vida el 11 de diciembre y al que mantuvieron en una de las cavas del Hospital General, de San Cristóbal, hasta que él, pese al cierre de la frontera decretado por el presidente venezolano Nicolás Maduro, pudo llegar con el cajón en el que colocaron al pequeño para darle sepultura.

“De dónde iban a sacar plata para comprar una ataúd, si no tienen ni para comprar comida”, se lamentó el hombre de 24 años.

Lo enterraron el martes 20 de diciembre en suelo venezolano, en una urna que a Juan le regalaron en una funeraria en Bello, Antioquia.

Esta es la historia de 1 de los 37.222 venezolanos que han llegado a Colombia en los últimos 3 años y que han obtenido visa por parte del Estado colombiano.

Seguramente son más, pues muchos, de los que no hay registro oficial, se pasan por la frontera y otros figuran para las autoridades como colombianos porque tienen doble nacionalidad.

Las que normalmente deberían ser fechas de celebración, de salir a comprar la cena navideña en familia, de comprar y envolver traídos, de buscar el estrén para 24 y 31, se han convertido para muchos venezolanos en fechas duras, en las que deben hacer esfuerzos para tratar de ayudar a sus familiares que permanecen en el hermano país, donde la comida escasea, el poder adquisitivo es cada vez más precario y la inflación, más alta.

En Venezuela, según el Fondo Monetario Internacional, la inflación cerraría en una cifra cercana al 500 %. La escasez, de acuerdo con analistas, se ubica en 80 %. No se citan cifras ofrecidas por Venezuela porque el Gobierno de ese país no las da a conocer.

Los ciudadanos venezolanos deben sobrevivir a tan difícil situación con un sueldo mínimo de $ 90.212 bolívares (en el que están sumados el salario básico y un bono de alimentación que los patronos están obligados a otorgar), y que equivale a U$ 30,8 dólares, es decir, $ 92.464 pesos colombianos al mes.

El cálculo se hace con base en el dólar paralelo, que para fin de año estaba a $2.923 bolívares por dólar. En Venezuela está prohibida la libre convertibilidad de la moneda. No hay casas de cambio.

La Nochebuena de Edwin

A pesar de todas estas adversidades, en la Nochebuena, Edwin y su familia cenaron hallacas (especie de tamal que acostumbran cenar los venezolanos en Navidad), hechas con la harina de maíz que pasó por la trocha. También llevó garra de cerdo, salchichas, sardinas, lentejas, azúcar y café. Cargó además con champú, desodorante e insulina para sus padres que son diabéticos. Ya nada de eso se consigue con facilidad en su país y cuando lo ponen a la venta es a precios demasiado altos para las familias de escasos recursos.

Esa, la que logró pasar, era la segunda vez que durante el mes de diciembre intentaba llegar a Venezuela. La primera llegó en bus a Cúcuta justo el día que cerraron la frontera, el 13 de diciembre, cuando Maduro tomó la decisión argumentando que habría un cambio de billetes en ese país.

Iba con una primera urnita, esa sí la había comprado. Quedó inservible. Contó que funcionarios de la Guardia Nacional venezolana la destruyeron. Alegaban que entre la madera seguro llevaba billetes de los que saldrían de circulación para tratar de cambiarlos.

Finalmente, después de Navidad, Edwin volvió a Colombia. Debe seguir rebuscándose la plata para enviar alimentos y medicinas a su familia.

Vive con un cuñado en el barrio Pachely, en Bello. Se ganan la vida vendiendo confites en los buses. Otros días uno vende jugos en la Terminal del Norte y el otro, arepas venezolanas a la salida de la estación Niquía, del metro.

El traído que compró María*

La semana anterior a la llegada del Niño Dios la preocupación de María Pérez*, una venezolana que vive hace 2 años en Envigado y que no tiene hijos, era comprar un traído.

Era el regalo de su sobrina, que está en Venezuela, pero los parientes que están allá no tienen dinero para comprárselo.

Pidió unos zapatos y un bolso para el colegio. Ella está consciente de la situación y entonces pide lo que necesita”, explicó la mujer, diseñadora gráfica con maestría hecha en España.

Vive con su novio y mensualmente busca la forma de ayudar a su familia que sigue en Venezuela.

“Esto no es solo en Navidad. Les mandamos arroz, harina, atún, leche y aceite desde Miami. Allá lo reparten o hacen trueque de productos con otras personas”, explicó.

En diciembre le tocó hacer 3 envíos de dinero. Ni siquiera para gastos típicos de Navidad y Año Nuevo. “Es dinero que usan para pagar colegios o completar para comprar comida. Es que con lo que yo me gasto yendo al cine pagan 2 meses de un colegio en Venezuela”, dijo.

“La vida afuera no es fácil. Hay que trabajar el triple, pero es nuestra única herramienta para ayudar a los que están en Venezuela. No hay que olvidar que allá dejamos gente”, remató.

En Navidad y Año Nuevo sus parientes, que viven unos en Caracas y otros en isla Margarita, se contentaron con hacer una cena sencilla en casa sin siquiera salir al jardín a celebrar.

“Mi preocupación no es solo el dinero. ¿Emocionalmente qué Navidad pudieron haber tenido? Decidieron hacer la reunión calladitos porque es duro salir y hacer la fiesta en el patio sin saber si el vecino tiene suficiente comida”, se lamentó.

A la mamá de María se la llevaron a pasar las fiestas a Argentina, a casa de su otro hijo. “No me la pude traer yo porque ya este año había pasado en Colombia los 6 meses que le son permitidos con visa de turismo”, contó.

Los pasajes de Juliana*

Juliana García* es azafata. Este diciembre el regalo que se dio a sí misma fue comprar 2 pasajes para traer a su mamá y a su hija de 6 años que aún viven en Venezuela.

Tiene 29 años, vive en Sabaneta y siempre, no solo en diciembre, está en busca de algún paisano para mandar ropa para su hija, comida y medicamentos.

“La ropa allá es carísima. Me toca mandar hasta pastillas porque mi mamá sufre de migraña y ya no se consiguen ni pastillas para el dolor de cabeza”, relató.

Este fin de año al menos pudo tener la tranquilidad de tener a su pequeña y a su mamá con ella.

En el 2017 los pronósticos sobre la situación económica en Venezuela no son alentadores, por lo que seguramente el esfuerzo de estos venezolanos tendrá que ser mayor.

El deseo de todos los consultados es que la situación en el hermano país mejore o que se abra alguna posibilidad para sacar a sus familias de Venezuela.

*Los nombres han sido cambiado a petición de los entrevistados, que temen que sus testimonios lleguen a través de la web a Venezuela y las autoridades tomen represalias contra sus familias.

F/Elcolombiano.com

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