Venezuela, paso a paso, cada vez más cerca del totalitarismo

El gobierno bolivariano de Venezuela no es ineficaz, es otra cosa. Muy distinta. Es totalmente inepto. Por eso tiene sumido al pueblo venezolano en la más absoluta precariedad, con un  nivel de vida cada vez más deplorable y, además, en medio de una crisis sanitaria de proporciones, en la que ya mueren niños de difteria, lo que es inaudito.

Por esto las encuestas recientes nos muestran que Nicolás Maduro y los suyos tienen apenas un 6% de imagen positiva. Nada. Esto es, sólo el favor de lo que es una minoría ínfima de beneficiarios inmediatos del régimen, quienes obviamente no quieren perder sus privilegios. El 91% de los venezolanos dice no creer en el fracasado y obsoleto modelo que los bolivarianos han edificado en su país. 

Pero, mientras los padecimientos cotidianos de los venezolanos los tienen empantanados en la angustia y sumidos en la desesperación, el autoritarismo del régimen marxista se está transformando, a la vista de todos, en totalitarismo. Sin que nada, ni nadie, parezca capaz de detener un proceso que conduce hacia la miseria y –peor- hacia la falta de libertad. Como ha sucedido en Cuba y en Nicaragua.

En su constante escalada totalitaria, el chavismo ahora procura deshacerse de los partidos políticos que conforman la oposición. Dejarlos de lado. Declararlos ausentes con presunción de fallecimiento. Para culminar, en algún momento, con un partido único: el Socialista que hoy mal gobierna y maltrata a Venezuela. Y con un solo y único discurso: el oficial. Ningún otro. Por esto precisamente hoy no se puede proyectar en Venezuela la nueva serie televisiva, de sesenta capítulos, titulada: “El Comandante”, porque dice demasiadas verdades. Ella ha sido producida por Sony y escrita por el valiente pensador venezolano Mosiés Naim. No tiene desperdicio, aparentemente. Y provoca pavura entre Nicolás Maduro y los suyos.

Para ello, las autoridades electorales, que no son independientes sino meros instrumentos del chavismo, acaban de lanzar un presunto y tan inesperado como inconstitucional, proceso de presunta “legitimación” de los partidos políticos, en función del cual todos ellos, menos el oficialismo, deben “volver a nacer”, si es que el gobierno se lo permite.

Mientras este sorpresivo, perverso y maligno proceso se completa, las elecciones están y quedarán suspendidas, según ha anunciado expresamente la propia presidente del “Consejo Nacional Electoral de Venezuela”, la siempre sumisa y nada independiente Tania D’Amelio.

En Venezuela ya nadie puede votar. Para que no se vea la realidad, Pese a que es evidente. Esto es, que la enorme mayoría de los venezolanos está absolutamente harta de sus actuales autoridades, que han perdido legitimidad.
El final del perverso camino diseñado por el gobierno venezolano supone naturalmente tener elecciones donde tan sólo el oficialismo pueda participar: como en Cuba y Nicaragua. Nadie más.

El adiós a la democracia es claro. Hasta el propio Partido Comunista tradicional (al que también se quiere suprimir porque no se somete al chavismo) ha decidido y anunciado públicamente que no cumplirá con la ordalía administrativa organizada por el gobierno para suprimirlo o inhabilitarlo, para que no pueda ya competir electoralmente.

Mientras tanto, el nuevo y duro vice-presidente, Tareck El Aissami, está oficialmente a cargo de la “seguridad” de un país que ya es netamente un Estado policial. Donde los principales líderes opositores están presos por sus ideas. Encarcelados duramente, por años, a la vista de todos.

Hoy tan sólo la voz enérgica del secretario general de la OEA, el izquierdista uruguayo Luis Almagro, se hace oír. Ahora en procura de tratar de avanzar con la aplicación a Venezuela de la Carta Democrática de la OEA, que debiera conducir a su rápida suspensión en esa organización. Para ello, según acaba de anunciar, está “actualizando” aceleradamente su crítico informe de noviembre pasado, en donde se evidencia más allá de toda duda razonable, que la democracia venezolana ha sido perversamente deformada hasta hacerla totalmente irreconocible. A lo que esta vez agrega una cruda descripción de la horrenda crisis humanitaria que padecen los venezolanos.

En paralelo, se acaba de confirmar que el cada vez más controvertido Papa Francisco puso a disposición de Nicolás Maduro una excusa más para dilatar todo, mediante una invitación al gobierno y la oposición a dialogar, pero en el Vaticano. Continuando así con un estéril e iluso esfuerzo por evitar la violencia, reemplazándola por un diálogo en el que Nicolás Maduro, es obvio, ha participado sin la menor buena fe e incumpliendo –de inicio- los compromisos asumidos en la mesa de negociaciones. La idea, que no pudo ir adelante, era la de contribuir a dilatar todo.

Lo que es increíble, quizás. Pero es la realidad. Ya no hay, lamentablemente espacio para volver a soñar con que el diálogo genere algún resultado. Nunca lo hubo, en realidad. Pese a lo cual, lo cierto es que el camino del diálogo no pudo dejar de intentarse. Para poder descartarlo.

No es para nada sorprendente que Nicolás Maduro, en una actitud de cinismo sin igual, esté volviendo a sugerir que quiere “abrazar a la oposición” en el Vaticano. Sospechando que de esa manera podría encontrar algún nuevo “eco” en el Papa Francisco. Lo que es poco probable.

Mientras tanto, lo cierto es que los venezolanos siguen rehenes de un régimen que, está claro, quiere someterlos a una larga y lamentable esclavitud.

F/Eldiarioexterior.com

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