Venezuela, crónica de la arrogancia

La situación en Venezuela se acerca a escenarios difícilmente vistos antes en América Latina, ni siquiera en las peores épocas del embargo a Cuba, del corralito en Argentina o en los días inmediatos posteriores a la deposición de Manuel Zelaya en Honduras. En Caracas y otras ciudades, ya no pega tanto lo duro, como lo tupido, así como la convicción —cada vez más presente en el ánimo de los venezolanos—de que no hay ni habrá una salida sencilla a los problemas que enfrentan.

No es sólo la falta de cerveza, de Coca Cola, pañales o medicinas. Es la falta de alimentos y, sobre todo, el desplome casi total de la confianza en la capacidad de su gobierno para ofrecer alguna solución a los problemas que enfrentan. Nicolás Maduro y sus incondicionales, cosechan lo que ellos y su predecesor, Hugo Chávez, sembraron a lo largo de casi veinte años de un experimento político condenado al fracaso por varios factores. El primero y el más notable, lo vulnerable a la volatilidad de los precios del petróleo. Un problema que también padecemos ahora en México, pero que en el caso de Venezuela se agrava porque ya desde antes de que Chávez se hiciera del poder, a finales de los noventa, Venezuela era una nación que había renunciado a hacer otra cosa que no fuera extraer millones de barriles de petróleo y vivir, medianamente bien, de lo que la renta petrolera les daba.

Si consideramos que Venezuela siempre ha tenido un ingreso petrolero ligeramente superior al mexicano, pero con sólo un tercio de nuestra población, resulta inexplicable lo que ha ocurrido en los últimos 30 años, tanto en materia económica como política, pues tuvieron a lo largo de varias décadas de altos precios del petróleo condiciones envidiables para impulsar un modelo de desarrollo sensato. Lejos de imitar lo que Noruega hizo, Venezuela imitó lo peor de las naciones petroleras del golfo Pérsico, y los resultados están a la vista.

La corrupción se convirtió en la actividad favorita tanto de Petróleos de Venezuela, como de las Fuerzas Armadas; anuló también a los partidos políticos y desalentó la inversión productiva. A pesar de que durante los siglos XVIII y XIX  fue una de las principales productoras de cacao, entre otros productos agropecuarios. Venezuela renunció, de manera arrogante, a producir jabones, partes automotrices, alimentos o medicinas.

Si hay algún espejo en el que México tendría que verse en la actualidad es justamente el de Venezuela. No sólo el monto de los ingresos petroleros de ambos países es muy similar, también la resistencia de los gobiernos a reconocer el final de una época y a impulsar el uso de tecnologías más limpias que, además, sirvan para liberarnos de la dependencia del petróleo y nos ayuden a producir nuestros  propios alimentos. En México, ello evitaría que fuéramos víctimas como lo somos ahora de la volatilidad de los mercados petroleros y agropecuarios.

En esta misma semana, por cierto, Argentina celebró haber recuperado el primer lugar mundial en la producción de maíz. Que le haya arrancado el título a Brasil y que México no esté en la disputa por ser el mayor productor global de maíz es algo que debería inquietarnos, pues importamos casi la mitad del maíz que consumimos. Esa dependencia extrema explica parcialmente los resultados de la más reciente medición del Índice de la Tendencia Laboral de la Pobreza del Coneval que nos recuerda que los salarios no alcanzan ni para comprar lo que comemos y que incluso quienes cuentan con un empleo formal corren el riesgo de ser pobres.

F/Cronica.com.mx

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