Morir en Venezuela: malaria y ataúdes de cartón

Ambientada en la atroz dictadura del general Juan Vicente Gómez, la segunda novela del ilustre escritor venezolano Miguel Otero Silva, Casas muertas, narra el mal morir en un lugar de los Llanos llamado Ortiz, pueblo que va quedando vacío, derruido por la mortandad causada por la malaria y el éxodo de sus despavoridos habitantes para evitar sucumbir a la peste.

La magistral obra es una cruda metáfora de un país en permanente conflicto, cuyas acciones en materia de salubridad fueron escasas. La capacidad del Estado autoritario para afrontar las presiones sociales había sido muy débil.

Décadas después, el maná de oro negro, la aplicación de políticas de saneamiento ambiental, la eventual instauración de la democracia y el brillante ingenio de los científicos lograron que, en 1961, la Organización Mundial de la Salud certificara a Venezuela como el primer país en erradicar completamente la malaria, por delante de Estados Unidos y el resto del mundo industrializado.

Aquel retrato de “una aldea abandonada, de ciudad aniquilada por un cataclismo” trazado por Otero Silva, tristemente muestra tintes de similitud en el presente, tras el retorno de la misma epidemia. El colapso socioeconómico y un sistema de salud deficiente han devenido en la propagación de la malaria en 15 estados de la nación con las mayores reservas probadas de crudo del globo, registrándose 136,000 casos en 2015, y unos 200,000 previstos el año en curso.

“Es una situación de vergüenza nacional”, denunció al New York Times el exministro de Salud José Oletta, residente de Caracas, donde resucita la peste. “Yo veía este tipo de casos cuando era un estudiante de medicina, hace medio siglo. Esto me duele. Esa enfermedad había desaparecido”.

Al igual que Carmen Rosa, la protagonista de Casas Muertas a quien no le salían las lágrimas en el sepelio de su amado Sebastián, víctima de malaria, Juana García, enviudada recientemente por la misma causa, no hablaba ni se movía cuando el reportero del diario neoyorquino visitó su morada en El Dique, un poblado rural frecuentado por hombres que contraen esta enfermedad parasitaria en pantanosas minas de oro explotadas ilegalmente, foco de proliferación del mosquito transmisor.

Dos pequeños nietos de la mujer enlutada también afrontaban la dolencia sin más recursos que analgésicos, como en el África subsahariana. Las peligrosas minas en reductos selváticos seducen incluso a profesionales de las zonas urbanas asfixiados por la escasez de alimentos y la inflación.

Otro capítulo de la hecatombe venezolana en este trágico período de nuestra historia. Absolutamente caótica. Una sociedad mancillada que cada día despliega más el declive de los estándares de vida provocado por un régimen caudillista, autoritario y represivo.

Y así como en el fantasmagórico Ortiz, los fallecidos “fueron enterrados quién sabe dónde y quién sabe por quién”, en la Venezuela actual los difuntos son sepultados en féretros de cartón corrugado, a falta de madera y hasta de latón. Ni siquiera los sagrados ritos funerarios son ajenos a la demoledora crisis y el desabastecimiento.

“Es más caro morirse que estar vivo”, manifestó a la agencia AFP un fabricante de urnas que promueve el uso de los “biocofres”, ataúdes hechos con cartón y aserrín. En efecto, es común que familiares trasladen los restos de sus seres queridos al crematorio en bolsas plásticas, o si optan por la sepultura, rentan féretros únicamente para el velatorio. “Ahorita morirse empobrece mucho”.

El señor Cartaya, el más sabio personaje de la novela, comentaba en un diálogo con la señorita Berenice: “El civilismo de los estudiantes terminó en la cárcel. Los hombres dignos que han osado escribir, protestar, pensar, también están en la cárcel, o en el destierro, o en el cementerio. Se tortura, se roba, se mata, se exprime hasta la última gota de sangre del país”.

El año pasado se celebró el sexagésimo aniversario de la publicación de Casas Muertas. Más que la crónica de un terrible pasado, ese texto se lee hoy como una profecía del futuro, de una nación que agoniza de fiebres y de desidia.

Periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela, escritor, biógrafo y cronista de Miami.

F/Elnuevoherald.com

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