Los caminos de tierra y sol de los wayú

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Pese a los controles de los ejércitos de Colombia y Venezuela las trochas siguen en movimiento.

A las 10 a. m. cuando el sol apretaba con fuerza en una trocha de la frontera con Venezuela, Juan permanecía imperturbable en medio de la nube de polvo levantada por la caravana de carros, camiones y motos que pasan a esa hora. “Aquí todo está igual”, mientras baja la cabuya para cobrar el peaje a todo el que cruce por este paraje perdido de La Guajira.

La trocha es conocida como La Cortica, una de las 90 identificadas por las autoridades entre las cerca de 200 existentes entre los 480 kilómetros del desierto fronterizo colombo-venezolano, por donde a diario se mueve un comercio ilegal de mercancía, combustible y pasajeros, y que pese al cierre de frontera decretado por Caracas, sigue activo.

Por este camino en motos se llega en 10 minutos a Guarero y se sigue a Paraguaipoa, primeras poblaciones venezolanas en la vía a Maracaibo. Cientos de venezolanos y colombianos entran y salen por esta ruta, evadiendo trámites de inmigración en las dos naciones.

Juan es un wayú, de piel tostada por las horas de exposición al sol, que luce percudido de tanta tierra que recibe en sus largas jornadas de trabajo. Cuenta que al día recoge en promedio unos 12 mil bolívares, que pueden representar, dependiendo el cambio, unos 40 o 50 mil pesos.

Su trabajo consiste en alzar una cuerda, que se encuentra de lado y lado de la polvorienta vía, cuando vienen los carros, extender el brazo con la mano abierta hasta la ventanilla del conductor y recibir el pago. Todo es en silencio, en ocasiones se escuchan gritos de saludo de sus paisanos en wayuunaiki sobre recados de amigos o familiares.

Luego de cruzar el peaje de Juan, el viajero debe pasar por lo menos por otros ocho retenes humanos colocados por los dueños de los predios que atraviesan la trocha. Aquí pagan las motos 20 bolívares si llevan carga o pasajeros, y los vehículos 100 bolívares.

El silencio que provoca el abrazador calor es interrumpido por el sonido de un acordeón y el grito alegre del cantante vallenato que se escapan del pasacinta de un camión cuyas llantas se hunden en la tierra por el peso de los tanques de gasolina que transporta. Allí van colgados varios wayú en el techo y la parte trasera del vehículo. “Les gusta viajar como micos, no les importa el sol ni la tierra que les toca chupar”, explica Juan, luego de gritarles un saludo en wayuunaiki a sus paisanos.

Todos saben que ese peaje humano tiene un costo por cada pasada. “Llego a las 6 de la mañana y me voy a las 6 de la tarde. Aquí llega un relevo: esta vía nunca descansa”, cuenta el hombre mientras mete el fajo de billetes en una mochila, la cual debe entregar al dueño del lote por donde cruza la trocha.

Caminos libres

Los wayú no reconocen la frontera impuesta por Colombia y Venezuela. Es su territorio ancestral y por eso reclaman su derecho a entrar y salir por La Guajira, donde ocupan 15.300 kilómetros cuadrados, y el estado Zulia en Venezuela, en un área de 12.000 kilómetros cuadrados.

Pese al movimiento de carros, mercancía, motos y viajeros, no hay mucha presencia de las autoridades de ambos países. Desde hace cuatro semanas, cuando estalló en la frontera de La Guajira la crisis con Venezuela, se intensificaron las requisas y controles, lo que obliga a los conocidos ‘bachaqueros’ (vendedores de comestibles que surten el comercio de Maicao), buscar otro camino para llevar y traer sus cargas.

“Vea compadre solo anoche pasaron no menos de 30 camiones, 350 llenos de mercancía rumbo a Maicao”, contó uno de los conductores que transporta pasajeros en Paraguachón.

Por estas trochas solo pueden transitar conocidos, de lo contrario se corre el riesgo de ser atracado por bandas delincuenciales que rondan la zona. El negocio del contrabando de la gasolina es tan rentable que también atrae a los guerrilleros de los frentes 19 y 59 de las Farc, además de contrabandistas, que disponen de grupos de hombres armados y muy peligrosos.

Las motos se convierten en verdaderos camiones de carga. En ellas se montan maletas, bultos y cajas. Los motociclistas reconocen que les toca hacer verdaderas maniobras para andar con esas cargas por zonas desérticas. Nadie titubea para emprender estas travesías.

“Adelante está la guardia venezolana, pero nosotros la desviamos. Ellos no conocen el desierto como nosotros, nos tapan aquí y nos vamos por allá”, dice uno de los wayú que conduce un camión 350 que a las 11 a. m. entra a las trochas de Paraguachón.

Por La 80 o Larga

Otra de las trochas conocidas es la llamada La 80 o Larga, que también es utilizada por cientos de venezolanos y colombianos para cruzar la frontera y llegar más rápido a sus destinos.

Melisa Chacín, una wayú venezolana residente en Uribia, alta Guajira, pasó esta mañana con dos maletines que le ayudaron a cargar jóvenes, encargados de hacer esos transbordos, que permanecen en La Raya, a unos metros de la alcabala de la Guardia Nacional de Venezuela.

“Pague 1.800 bolos (bolívares, unos 6.000 pesos) para que me llevaran las maletas del otro lado de la raya donde me esperaba mi hija que va para Maracaibo”, contó la mujer al regreso. Ella explicó que por ser wayú le cobraron 300 bolívares por maleta, pero a los aliijuna (los no wayú) les cuesta de 500 a 600 bolívares el pase del equipaje.

Estas vías las conocen los wayú, quienes durante décadas las han usado para moverse y realizar sus intercambios comerciales, y visitas a rancherías de lado y lado. Algunas que se encuentran en la Alta Guajira, en plena zona desértica, tienen como marcas piedras, árboles y lomas, bien identificadas por los wayú.

“Cuando llueve o hay tormentas de tierra, los caminos se borran, solo un wayú, puede saber por dónde anda, así sea de noche”, explica un oficial del grupo blindado Gustavo Matamoros, del Ejército Nacional, que tiene presencia en el área fronteriza de Albanía-Maicao, que tiene en el batallón a soldados wayú, que son los encargados de rastrear estas trochas y han golpeado el contrabando de gasolina.

Rodolfo Chacón fue uno de los que se montó en moto para ir a ver sus hijos en Maracaibo. “Por aquí pasamos encaletaos”, contó en medio de la risa, mientras se colocaba en casco y le pagaba a Juan los 100 bolos del peaje, en medio de la polvareda y el sofocante calor que a esa hora aprieta estos caminos perdidos de La Guajira.

F/Eltiempo.com

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