La Constituyente de Maduro es la guerra civil

Ya fue señalado por historiadores y politólogos del siglo pasado que la guerra civil era una consecuencia necesaria e inevitable en todo proceso de cambio que se propusiera instaurar un modelo político y económico inspirado en la escolástica que Marx y Engels prescribieron en su copiosa y desordenada obra.

Y se citaba con toda propiedad el caso de la ex-Rusia Soviética que, a meses de tomar los bolcheviques el poder en octubre de 1917, aceptó el desafío que le impusieron los remanentes políticos y militares del zarismo y en dos años, no solo los derrotó en una guerra civil, sino que creó su propio ejército, el poderoso Ejército Rojo y fundó las bases políticas, económicas y sociales de la nueva sociedad que pasó a llamarse: Unión

La China de Mao también rodó, a su manera, por la pendiente de una guerra civil, más política que militar, es cierto, pero quizá por eso las fuerzas que adversaban al “Gran Timonel” pudieron sobrevivir, camuflarse, solaparse y, al final, aplicar la puntilla a una tiranía rural, cruel y rupestre, que, aparte del atraso, provocó en el dragón hambrunas y devastaciones sin precedentes.

No fue el caso de Cuba, donde, el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos por anticomunistas cubanos, sembró las semillas de una resistencia armada —la “de los bandidos”, como la llamó la propaganda oficial—, que duró hasta los 70, costó mucho derrotar, pero que brindó la oportunidad para que las Fuerzas Armadas Cubanas (FAC) se fortalecieran y el gobierno de los Castro perpetrara la razzia que determinó que, media Cuba, la Cuba democrática que estaba obligada a resistir y permanecer, se mudara a Miami.

La revolución castrochavista que arrancó en Venezuela en febrero de 1999 —cuando el teniente coronel, Hugo Chávez, asumió la presidencia después de ganar las elecciones presidenciales del año anterior— marca diferencias fundamentales con todos los casos señalados, pues, la guerra civil tardó 18 años en prepararse, incubarse, desovillarse, pero ya podemos decir que ha llegado a su punto de inflexión, aquel en que los comunistas, marxistas, stalinistas, castristas y chavistas la desatan o pierden del poder.

La tardanza, postergación o aplazamiento podría atribuirse a varios factores, pero, sin duda, que los más decisivos tienen que ver con los tiempos en que irrumpió la revolución, los cambios que se introdujeron en el plan original para acceder al poder y las características personales del líder responsable de llevarla adelante.

Con relación a los primeros, debe anotarse que es una revolución surgida en la posguerra fría, luego de la caída del Muro de Berlín y el colapso del imperio Soviético, años que rescatan la democracia, la economía de mercado y el respeto a los derechos humanos como las pautas del marco jurídico internacional y, determinan que, cualquier gobierno, todos los gobiernos, deben tomar en cuenta tales paradigmas si quieren aspirar al reconocimiento y la legitimidad.

En lo que se refiere a los segundos, Chávez fracasa intentando imponer una revolución armada desde los cuarteles y con el solo imperativo de una fuerza militar, el ejército, y va a parar a la cárcel y de ahí lo rescatan unos civiles que lo convencen de fundar un partido político electoral y democrático para participar en las elecciones presidenciales de diciembre del 1998.

Por último, Chávez, no es un marxista, ni socialista de formación ortodoxa, un militante comunista típico, sino un caudillo latinoamericano de izquierda, mesiánico y militarista, populista y demagogo, que sueña con imitar, si no emular, a héroes de cualquier signo ideológico, sean liberales como Bolívar y Zamora, populistas como Perón y Velasco Alvarado o marxistas como el Che Guevara y Fidel Castro.

Por eso la revolución que pone en marcha tan pronto toma el poder, es un ragú o mezclote que, a trechos se define y actúa con una ideología u otra, si bien en los años finales, después del 2008 sobre todo, decide, instrumentalmente, tomar el atajo marxista que le imponen los hermanos, Fidel y Raúl Castro.

Pero no es sino en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (la CRBV) aprobada el 15 diciembre de 1999, donde queda plasmada la plurivisión política e ideológica que Chávez , sorprendentemente, patrocina en una Carta Magna que, es más liberal que marxista, más democrática que dictatorial y más capitalista que socialista.

Y que, como se vería inmediatamente, no era sino un artificio para cooptar en la práctica los poderes públicos, someterlos a su arbitrio, mientras iba mutilando la instituciones, poniéndolas a su servicio y haciéndolas partícipes de las tropelías de la dictadura y el dictador latinoamericano de siempre.

Centro del sistema fue el poder electoral, la fuente de legitimidad de todos los poderes en una “democracia” que, inmediatamente, fue reformado, dotado de personal ideologizado y controlado, de recursos a granel y de una maquinaria de conteo de los votos automatizada y electrónica para que, fueran las urnas computarizadas, y no las balas, las que mantuvieran la ilusión de que el gobierno en Venezuela era democrático y antidictatorial.

Nace así la “dictadura electoralista” de Hugo Chávez, el modelo que, empezaba comprando votos a través de una plataforma clientelar que llamaban o llaman “Misiones”, los validaba con fraudes y adulteraciones de todos los tipos y terminaba oficializándolos a través de un organismo electoral que es uno de los más corruptos en la historia de Venezuela, América y el mundo: el CNE.

Se celebraban hasta tres o cuatro elecciones por año, para presidente, diputados, gobernadores, alcaldes, concejos legislativos regionales y municipales, y de cuántos funcionarios se hicieran necesarios de acuerdo a la Constitución o ad hoc y así Chávez podía decir que respetaba escrupulosamente la Constitución y presidía una democracia perfecta.

Un día, sin embargo, la ilusión se rompió, la fantasía se deshizo, pues los altos precios del petróleo —que eran los que mantenían el clientelaje electoral— se desplomaron y el modelo socialista, sin recursos para simular sus ineficiencias, asomó su rostro torvo, sombrío y feroz.

Además, Chávez, había muerto en marzo del 2013, y su sucesor, Nicolás Maduro, entró a cosechar los resultados de una herencia que no podía medirse sino en términos de creciente rechazo, desprecio y abominación popular.

Podemos afirmar que, el 6 de diciembre del 2015, cuando casi 8 millones de electores le dan la mayoría absoluta a la oposición democrática en la Asamblea Nacional y le pasan el mandato para que restituya el hilo constitucional mil veces roto por Chávez y Maduro, comienza el capítulo final de esta historia, que aún no se revuelve, pero que cada día se acerca a un dramático final, pero sin que nos atrevamos a predecir sus características y naturaleza.

Lo que sí señalaremos es que, a partir del 6D, el chavismo y su versión tardía, el madurismo, concluyen en que, la época del electoralismo, y por tanto, de la Constitución del 99, de la llamada CRBV, llegó a su fin y hay que recurrir a los usos más cerrados y violentos de la dictadura socialista, del modelo teorizado por Marx, Engels y Lenin y hecho realidad por Stalin, Mao y Fidel Castro y tratar de imponerlo con toda la fuerza necesaria y posible, ahora cuando ya cumple 18 años y debería estar más bien pensando en la jubilación y el retiro.

Por eso se han recordado, o quizá se han aproximado inconscientemente a la guerra civil, a la gran batalla, al armagedón que, les permitan embestir contra las fuerzas que los adversan e imponerle el modelo que los marxistas ortodoxos jamás han admitido se pueda imponer por otra vía que no sea la violencia.

A la guerra civil que pautan el dogma y la escolástica, a la que se lleva acabo al comienzo de todas las revoluciones para barrer con la mayor celeridad posible al enemigo de clase y, en el curso de la guerra, crear el ejército, fortalecer al partido y fundar las bases políticas, económicas y sociales de la nueva sociedad.

La guerra civil de los rusos, los chinos y los cubanos, aplazada durante 18 años por el modelo hibrido creado por Chávez, el electoralismo, pero que se agotó el 6D, sea por la caída de los precios del petróleo, los resultados de un modelo inviable que solo se puede imponer por la fuerza, o la muerte del comandante eterno, o todo junto.

Y para ello, nada más adecuado que convocar una constituyente, una ANC que, saltando sobre los principios y el articulado de la CRBV, se dirija a despellejarla, a tirarla al cesto de la basura y crear las bases constitucionales de una dictadura totalitaria en la que legalmente, constitucionalmente, resulten barridos, todos cuantos se oponen a la revolución y el socialismo.

Y esa es la realidad que debe empezar a enfrentar, asumir y resolver la oposición democrática, sin engaños, ilusiones, ni expectativas de que Maduro va entregar el poder con negociación más, negociación menos, y no por una confrontación radical que signifique el triunfo del pueblo democrático y la derrota de la dictadura socialista, narcotraficante y terrorista que terminó echando mano a los últimos recursos que le permitirían una sobrevivencia corta o quizá larga: la constituyente y la guerra civil.

Este artículo fue tomado de FactorMM.