La clase media también pasa hambre

Sortear la pobreza —aun siendo profesional— es el día a día de la clase media. Las comidas completas y balanceadas son cosas del pasado reciente. Espejismo empañado por las largas colas de bachaqueros en supermercados y los precios galopantes de los productos regulados. El hambre y la ruina conquistaron todos los estratos sociales

Como una especie casi en extinción, la clase media venezolana zigzaguea entre la calidad de vida y la supervivencia. Sus acostumbrados hábitos de consumo e ingesta de alimentos dieron un giro de 180 grados con la crisis económica, política y social —al punto de cuestionarse su status socioeconómico. Con un mercado hiperinflacionario y una escasez de alimentos que ha llevado a más de uno a comer mangos, la conocida clase profesional está en declive.

Las estadísticas lo confirman. El presidente de Datanálisis, Luis Vicente León, aseveró el pasado 17 de mayo que el estrato C pasó de conformar 17,7% de la población venezolana en 2015 a 14,8% en lo que va de 2016. Dentro de la estratificación social, una familia se considera estrato C o clase media cuando cuenta con un ingreso mensual de 143.764 bolívares en promedio, tener acceso a servicios y vivir en un apartamento, quinta o anexo no necesariamente propios. El modelo, tan aupado en la Venezuela del siglo XX, se vuelve casi obsoleto en la del siglo XXI. Los grupos familiares que abandonaron la clase media migraron al estrato D. Este último creció 4,9 puntos en relación con el año pasado y se ubica actualmente en 40,6%, de acuerdo con la encuestadora.

María Teresa García ya no se siente clase media, a pesar de que su ingreso familiar supera el estimado de Datanálisis y cumple con las especificaciones sociales. Residenciada en un apartamento propio en La Trinidad, la psicopedagoga de 55 años afirma: “Somos pobres y muy pobres. Podríamos llamarnos clase media porque obtuvimos cosas cuando podíamos, el apartamento, los carros, pero ya no pudiéramos pensar en comprarnos ninguno de los bienes que tenemos ahora”. Su sueldo y el de su esposo se diluyen en alimentos, medicinas para la hipertensión y la depresión, y el pago de su condominio. Nada de lujos. Los gustos que mantienen como familia se reducen a ir al cine y almorzar esporádicamente en restaurantes, y pensándolo dos veces porque “comer en la calle es pecado mortal para nosotros. Nos mata el sueldo”.

 

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