Diáspora: por mar y tierra, miles de venezolanos buscan escapar del colapso

Más de 150.000 abandonaron el país durante el último año, la cifra más alta en una década; crecen los cruces en botes a las islas caribeñas de Curaçao y Aruba.

No bien avistaron la oscura silueta de la costa, el traficante los obligó a tirarse al agua. Roymar Bello empezó a gritar. Junto a otros 17 pasajeros, la mujer se había trepado a un viejo bote pesquero sobrecargado de gente con la esperanza de escapar del hundimiento económico de Venezuela y encontrar una nueva vida en la isla caribeña de Curaçao.

Por miedo a las autoridades, el traficante se negó a tocar tierra. Bello dijo que les ordenaron tirarse al agua y señalaron con el dedo en dirección a la costa. En medio de la oscuridad que precede al alba, la mujer cayó por la borda, presa del pánico. Pero Bello no sabía nadar.

Ya empezaba a hundirse bajo las olas cuando un compañero migrante la agarró del pelo y la remolcó hasta la isla. Terminaron en un risco azotado por el oleaje. Golpeados y ensangrentados, treparon por la isla rogando encontrar una vía de subsistencia: trabajo, dinero y algo para comer.

“El riesgo valió la pena”, contó Bello, de 30 años, que agregó que Venezuela alguna vez fue uno de los países más ricos de América latina, y atraía a inmigrantes de Europa y Medio Oriente. Pero después de que el presidente Hugo Chávez prometiera quebrar a la élite económica y redistribuir la riqueza entre los pobres, los ricos y la clase media escaparon en masa a países más amistosos, y generaron lo que los demógrafos llaman la “primera diáspora venezolana”.

Ahora está en marcha la segunda diáspora, de gente mucho menos acaudalada y a la que nadie espera para darle la bienvenida. Más de 150.000 venezolanos abandonaron su país durante el último año, el número más alto en más de una década, según estudios académicos.

Y mientras la revolución de inspiración socialista de Chávez se sume en la ruina económica, mientras los alimentos y los remedios se escapan del alcance de la gente, esta nueva masa de migrantes está compuesta por esos mismos pobres a los que supuestamente esas políticas deberían ayudar.

“Hay una gran aceleración del proceso”, advirtió Tomás Páez, experto en migraciones de la Universidad Central de Venezuela. Según él, por lo menos 200.000 venezolanos se fueron del país en el último año y medio, impulsados por la escasez de comida, trabajo y medicamentos, por no hablar de la espiral de delincuencia que esa escasez fogoneó. “Los padres dicen que prefieren despedirse de sus hijos en el aeropuerto que en el cementerio”, comentó Páez.

Hay miles de venezolanos desesperados que se lanzan a atravesar la cuenca del Amazonas para entrar en Brasil. También usan complejos ardides en los aeropuertos para meterse en las naciones caribeñas que hasta hace poco los aceptaban libremente. En julio, cuando Venezuela abrió su frontera con Colombia por apenas dos días, 120.000 personas se abalanzaron al país vecino simplemente para comprar comida. Un número no establecido nunca volvió.

Pero tal vez la novedad más alarmante sean los venezolanos que huyen por mar, una imagen emblemática de las peligrosas travesías para escapar de Cuba o Haití, pero no de la Venezuela rica en petróleo.

El éxodo avanza a tal velocidad que desde 2015, alrededor de 30.000 venezolanos se mudaron a la región fronteriza que incluye el estado brasileño de Roraima, según las autoridades. Ahora, el ejército de Brasil incrementó el patrullaje en rutas y cursos de agua, y se prepara para una nueva ola de arribos.

Las pequeñas islas caribeñas vecinas de Venezuela son mucho menos hospitalarias y se limitan a decir que no pueden absorber el embate. De hecho, las más cercanas a las costas venezolanas, Aruba y Curaçao, cerraron a partir del año pasado sus fronteras a los venezolanos pobres, imponiendo la obligación de exhibir un mínimo de 1000 dólares en efectivo para autorizarles el ingreso, un monto equivalente a más de cinco años de trabajo con sueldo mínimo.

Ambos Estados insulares incrementaron los patrullajes y las deportaciones, y según las autoridades, Aruba hasta tiene preparado un pequeño estadio donde alojar hasta 500 migrantes venezolanos que sean atrapados ilegalmente en el país.

En La Vela, el pueblo de pescadores del que es oriunda Roymar Bello, las casas vacías abundan: sus habitantes se han hecho a la mar. Hipotecaron la propiedad, vendieron sus pertenencias y hasta les pidieron dinero prestado a los mismos traficantes que luego los apiñan en los botes, junto con la droga y otros contrabandos.

El trayecto a Curaçao implica un cruce de 95 kilómetros por un mar embravecido infestado de pandillas de piratas armados y guardacostas dispuestos a cazar a los migrantes y mandarlos de vuelta a sus países.

Cuando los obligan a arrojarse del bote y nadar hasta la costa se escabullen entre la maleza hasta entrar en contacto con quienes puedan hacerlo ingresar en la economía turística de la isla. Limpian pisos en los restaurantes, venden chucherías en las calles y hasta ofrecen sexo por dinero a los turistas holandeses, ya que los mismos traficantes que los ayudaron a cruzar los obligan a pagar el pasaje con trabajo en los burdeles, según afirman las autoridades de la isla.

En Venezuela hay actualmente muchas familias como la de Roymar Bello, que se desperdigaron a través de mares y fronteras ante la imposibilidad de garantizarse más de una comida al día. Rolando Bello, hermano de Roymar, trabaja en la construcción en Curaçao, y hace poco logró reunirse con él su esposa, aunque debieron dejar a su hija de 7 años con otros parientes en Venezuela. Un tío de los Bello no tuvo tanta suerte: está preso en Curaçao, acusado de traficar con migrantes, como sus propios parientes.

Otro venezolano, Jesús Ramos, ya sabía que tendría que nadar desde el bote del traficante hasta la costa, así que pasó sus últimas semanas en su tierra practicando su brazada en el mar que bordeaba su hogar en La Vela, recordó su madre.

William Cordero, su amigo de 29 años, también iba con él. Se pasó todo el mes con trámites de habilitación para la peluquería que pensaba abrir con todo el dinero que haría en Curaçao. Pero el bote que los llevaba nunca llegó a destino. El año pasado, los dos amigos, otros tres migrantes y el capitán se desvanecieron en algún lugar, mar adentro, entre Venezuela y Curaçao. No encontraron restos del naufragio.

Alex Rosaria, legislador de Curaçao, teme que los nuevos inmigrantes generen más tensiones en la isla, donde el desempleo ya es del 11%. “Nuestra capacidad para recibir refugiados es muy limitada”, advirtió.

Por el momento, la tarea quedó en manos de la Guardia Costera del Caribe. Rob Jurriansen, un oficial naval holandés que dirige las operaciones en Curaçao, dijo que su pequeña flota de naves sólo interceptó a una mínima fracción de los migrantes, apenas un 5 o 10% del total de botes que llegan desde Venezuela.

Jurriansen señaló que los funcionarios de Holanda, ex potencia colonial a la que la isla sigue vinculada, ahora temen que también deban pagar la cuenta de ocuparse de la marea de inmigrantes. “Quieren impedir una situación como la de Libia”, dijo, en referencia a la mucho más numerosa ola de migrantes que cruzan el Mediterráneo para llegar a Europa.

En Venezuela, la madre de los hermanos Bello, María Piñero (47), se preparó para su segundo intento de cruce. En septiembre casi logró llegar, pero su bote pegó la vuelta, ante el temor de estar en la mira de los guardacostas. Se puso en marcha nuevamente una despejada noche de octubre y les envió un mensaje a sus parientes antes de salir. En su primer intento el mar estaba bravo, pero luego los 13 pasajeros de su bote se deslizaron suavemente sobre el agua.

Pero cuando el mar está tranquilo también es más fácil ser avistado al llegar, cuando amanece. En la costa de la isla, un oficial dijo haber visto “un brillo extraño” sobre el agua.

Su hija fue la primera en enterarse de que habían atrapado a su mamá. A las 6 de la mañana recibió un mensaje de una amiga: “Agarraron a tu mamá, en un bote donde además había drogas”. La hija no podía creerlo, pero prendió la computadora y encontró las primeras imágenes de los pasajeros capturados por las autoridades. Entre ellos reconocía la cara de su madre.

Detenida en Curaçao, la mujer pudo hablar por teléfono. Se la escuchaba desesperada y exhausta, con la voz quebrada. “Pensé que valía la pena intentarlo, pero al final no, porque me mandan de vuelta”, dijo.

Su hijo Rolando sigue en Curaçao con su esposa, pero la captura de su madre ensombreció el pequeño hogar que comparten con otra familia de migrantes venezolanos.

“Sólo Dios sabe los sacrificios que uno hace -dice Bello-. Pero bueno, así es la vida.”

F/Diario La Nación.

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