Corruptos y pendejos

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Venezuela ocupa uno de los últimos puestos (160 de 175) en el índice que anualmente prepara la ONG Transparencia Internacional. Sólo 15 peldaños nos separan de Somalia, el país más corrupto del mundo. Y si las cosas no cambian, pronto ocuparemos el último puesto en la tabla que mide la honestidad pública y privada de las naciones.

De seguro que el resultado no sorprende a nadie. Todos sabemos la inmensa cantidad de recursos naturales que posee el país y los multimillonarios ingresos por ventas de petróleo. Sin embargo, es contradictorio que a pesar de que somos, en teoría, “un país rico”, la calidad de vida de los venezolanos ha desmejorado mucho porque sencillamente el dinero se perdió, no existe, fue a parar a bolsillos non sanctos.

La corrupción en Venezuela es un tema de vieja data, pero en la llamada cuarta República existía al menos autonomía de poderes e institucionalidad.  Y se juzgó y sentenció a Carlos Andrés Pérez, por ejemplo, obligado a renunciar por un caso que se demostró no era realmente corrupción, sino desvío de unos fondos destinados al gobierno de Nicaragua. Ni punto de comparación con los hechos de corrupción de las épocas de Luis Herrera Campins o Jaime Lusinchi, con lo que ha sucedido en los últimos tres lustros.

No solo las magnitudes son distintas, también los hechos. Todo amparado en una gigantesca impunidad. Los atisbos de denuncias de Edmée Betancourt y de Jorge Giordani –máximo responsable del programa económico del presidente desaparecido—sobre el gigantesco robo de las empresas de maletín en Cadivi, no generaron “el sacudón” que los ciudadanos decentes de este país esperaban. La respuesta del Gobierno fue restringir el acceso de divisas. Y mucho peor: no investigar.

Ya no se habla de suposiciones. Las cifras reveladas por el Banco Central de Venezuela en cuanto a la balanza de pagos dan cuenta de casi 70.000 millones de dólares que no pueden relacionarse con compras de bienes y servicios que hayan entrado al circuito económico. Un  exhaustivo análisis hecho por la firma Ecoanalítica para un organismo multilateral y al que tuvo acceso DINERO revela que el 40 por ciento de las importaciones públicas fueron ficticias. Es decir, de cada 100 dólares que el Estado destinó a las importaciones públicas, 40 fueron desviados para fines distintos a compras para el país. El 19,6 por ciento corresponde a firmas privadas. El resto es Estado. Sin embargo, aunque sería muy fácil identificar, juzgar y castigar a los responsables, en el ambiente que se vive es hasta difícil detectar los nombres de las empresas; no ya de las personas.

El Gobierno ha desplegado el último mes una gran  campaña para divulgar la “lucha” para detener el contrabando que hace vida en la frontera. Pero son hechos que se vienen denunciando con videos y pruebas contundentes (sobre todo en el caso de los combustibles) desde el año 2000.  Sólo en la gasolina que se fuga a Colombia se han perdido más de 3.500 millones de dólares calculados a precio de mercado. Todo a la vista de los nada escasos contingentes de la Guardia Nacional y otros componentes militares.

Hay que agregar el manejo discrecional y sin rendición de cuentas de los multimillonarios fondos como el Fonden y el Fondo Chino Venezolano. Ahora el presidente Nicolás Maduro decidió unificarlos en parte en el Banco Central de Venezuela. Pero sin claridad en cuanto a su administración.

Pero no todo es manejo de fondos. Toda la burocracia del enorme aparataje del Estado venezolano no sirve sino para generar hostilidades con el sector privado y aportar a una gran burbuja de ineficiencia. Hace falta agilizar procesos, reducir las discordias con el sector privado y cambiar completamente el entorno para que se piense seriamente en hacer negocio con o en Venezuela.

Según el informe del Banco Mundial Doing Business publicado en junio, nuestro país es uno de los peores para invertir en la región. Las barreras están en los controles de cambio y precios, las regulaciones laborales, la escasa transparencia, la falta de seguridad jurídica (expropiaciones y otros “detalles”), el incumplimiento de pactos o acuerdos (el tan publicitado caso de las líneas aéreas no es el único), la gran  burocracia o inflación desatada. Un ejemplo tomado textual del informe: “Iniciar un negocio en Venezuela requiere de 107 días y 8 procedimientos más que el promedio de América Latina y el Caribe”. Cualquiera se asusta.

Hay dos claves que preocupan a los autores del informe del Banco Mundial: la escasez de información confiable y la falta de rendición de cuentas sobre el manejo de los recursos públicos. Estas cosas  generan “un alto riesgo de corrupción”.

La escasez y los elevados índices de inflación, más el cierre de empresas, son solo los síntomas de la enfermedad que vive Venezuela. La principal causa del mal es un modelo ideológico-económico que ha fracasado en el mundo entero, empezando por la Unión Soviética, que murió de muerte natural por razones económicas y falta de libertades, y terminando por Corea del Norte o la cercana Cuba, cuya eterna crisis de agonía no tiene explicación salvo en la estupidez humana. Ni hablar de China o Vietnam, que para salvarse inventaron ser capitalistas dentro del comunismo. Es decir, lo insólito de todo esto es que lo que se está tratando de aplicar en Venezuela ya hizo aguas en el mundo. A menos que esto no sea comunismo, como todo lo indica, sino pura corruptocracia.

Mientras existan controles no aumentará la producción, mientras no aumente la producción no aumentará la oferta y los precios no bajarán, y mientras no ocurra nada de lo anterior, siempre existirá aquel que te venda algo en el mercado negro superior. Al final siempre pierde el pobre, que es el último de la cadena. Aunque como decía un sabio español, los pobres por ser pobres no tienen que ser pendejos.

F/www.dinero.com.ve