¿Calidad de vida? De eso tampoco hay

La inseguridad, el miedo, la escasez, los altos costos y la falta de oportunidades laborales son elementos que deterioran cada vez más el desarrollo humano en Venezuela. Cuatro historias dan cuenta de la que se ha convertido la mayor de las carencias: calidad de vida.

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No. Aquí no hay. Allá tampoco. No hay suero, no hay espacio, no hay medicamentos para las quimioterapias. Tampoco para el tratamiento del Sida ni para realizar la diálisis en pacientes con insuficiencia renal. No hay.

En la terapia intensiva de un hospital caraqueño están dañados los respiradores. Y durante una intervención quirúrgica a un paciente se le tuvo que asistir con un ambu —Air Manual Breathing Urgency, por sus siglas en inglés. Un aparato que incluye una bolsa en un extremo y una máscara en el otro y que funciona de forma manual. Como este, miles de casos de carencia y deterioro, que son diarios y parecen indetenibles, se vistean por doquier.

La salud es uno de los elementos que se utiliza para determinar el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que se traduce como indicador de la calidad de vida de una nación. El IDH es elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y está basado en factores sociales como educación —alfabetización de adultos y cifras de los sistemas educativos—, riqueza —PIB per cápita, poder adquisitivo— y la esperanza de vida.

Según el informe 2014 del PNUD, Venezuela se encuentra en el puesto 67 de 187 países y ocupa el 6to lugar en América Latina. Venezuela, el segundo país más violento del mundo y uno de los de mayor inflación (68.5% en 2014) carece sobre todo de calidad de vida.

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T.A. trabaja en la calle y en la casa. Debe cumplir con horario laboral, pero también esquivar de la mejor manera los obstáculos de la escasez. Cuando sale de la oficina, pasadas las 4:00 de la tarde, hace cola.

Prefiere no decir su nombre, solo las iniciales. El miedo a ser atacado por expresar una opinión ha llegado también a los supermercados.

Sus anécdotas de compras se convirtieron en relatos de ansiedad. Se convirtieron en noches frente a una santamaría con el número 700 rayado en el brazo, en una máquina captahuella, en una voz que dice “dentro de 7 días puedes comprar papel tualé”, en el sectario “dos por persona”.

“Mis papás son unos viejitos de 70 años que aún están fuertes y nos ayudan. Los jueves van a Mercal, porque ese día les toca. Se levantan a las 4:30 am y salen a la 1:00 pm. Mi hermano es taxista y vive en Altagracia de Orituco, Guárico. Allá no consigue nada y le tiene que comprar a los bachaqueros. Él les hace las carreras y ellos le pagan con productos: detergente en polvo, jabón líquido, Harina P.A.N.”, dice con un hablar atropellado, de ese que no se permite perder demasiado tiempo.

Ante la falta de información pública adecuada sobre la situación social del país, investigadores de las universidades Católica Andrés Bello, Central de Venezuela y Simón Bolívar publicaron el proyecto Análisis de las Condiciones de Vida de la Población Venezolana 2014.

En materia de pobreza, el sociólogo Luis Pedro España llegó a conclusiones nada alentadoras: según las encuestas del estidio mencionado, 48,4% de los hogares se encuentran en situación de pobreza de ingresos.

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María Isabel Parra viajaba todos los días para su trabajo a las 4:30 am. Es supervisora de camareras y debía estar en la clínica donde trabaja a las 7:00 de la mañana. Pero una de esas madrugadas fue distinta. Tres sujetos armados la siguieron y la subieron a un automóvil. La obligaron a regresarse a su casa en los Altos Mirandinos, donde sometieron a sus hijos, las parejas de ellos y a sus nietos. Solo un bebé, de menos de un año, quedó solitario en su cuna. Golpes, insultos, amenazas, llanto, pánico. La pistola en la sien. El carro que nuevamente la sacaba de su hogar para abandonarla en la autopista Valle Coche.

Ahora la vida de María Isabel es otra. Cambió su turno en la clínica. Mira los rostros de los hombres por la calle para ver si reconoce a los que la atacaron. A veces en las noches cree que entran nuevamente a su casa. No se siente segura en ninguna parte. “Yo trabajo y trabajo. Me quedo haciendo guardias para olvidarme de todo. Pero es muy difícil, ese daño que nos hicieron no se quita”, dice.

Este miedo forma parte de los resultados que el investigador Roberto Briceño León reseñó en el ámbito de seguridad personal. El sociólogo señala cómo la gente ha limitado cada vez más sus espacios de recreación (62%), compras (60%), trabajo o estudio (43%) por la inseguridad. Las personas no confían en la protección de los policías contra la delincuencia y hablan de miedo de ser atacado o robado en las calles durante el día (64%), en otras zonas de la ciudad (79%) y en los medios de transporte (78%).

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Patricia Díquez ya se fue del país. Pero no por la inseguridad; sino porque no encontraba las oportunidades laborales para profesionalizarse. Es internacionalista graduada en la Universidad Central de Venezuela y en Caracas solo conseguía trabajos cuidando niños. Decidió buscar opciones afuera. Tiene un año y 4 cuatro meses en Dublín.

“Gracias a Dios puedo decir que estoy bien, en pocos meses pude lograr lo que en Venezuela hubiese sido imposible: tener trabajo, alquilar un apartamento, pagar todas mis cuentas, ahorrar y ser totalmente independiente. Mis condiciones de vida cambiaron para mejor, pero el precio es muy alto. Se trata de estar solo en otro país al que nunca vas a pertenecer completamente”.

Así como Irlanda, Estados Unidos, España, Panamá, Colombia y Australia también se han convertido en destino para aquellos venezolanos que buscan mejores condiciones de vida. Una migración de profesionales cuya cifra supera 1 millón 200 mil venezolanos —según datos del sociólogo y profesor universitario Iván De La Vega— y que se traduce en pérdida de recurso humano necesario para el crecimiento de la nación.

Como estos, Venezuela posee otros relatos —abundantes, dolorosos— que desde distintas aristas hablan de un país que dejó de ser amigable y ahora suda miedo, angustia. Un país que se parece cada vez más a una sombra.

F/Elestimulo.com

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